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El hombre que está aquí

Verdad

Textus originalis 11431152

Haec opera lingua Hispanica scripta sunt, nec vertuntur: forma ipsa pars operis est.

EL HOMBRE QUE ESTÁ AQUÍ

Hambre, descanso, pertenencia y la arquitectura de la realidad.

¿Qué es la verdad?

Dos hombres están frente a frente.

Habitan la misma habitación. Pisan el mismo suelo. Respiran el mismo aire.

Afuera espera una multitud.

Sobre uno pesa una sentencia.

Sobre el otro... una decisión.

Y, sin embargo, esos dos hombres no están en el mismo mundo.

Uno habla de la verdad.

El otro pregunta:

¿Qué es la verdad?

La pregunta atribuida a Poncio Pilato frente a Jesús ha sobrevivido mucho más que el hombre que la pronunció.

Quizá porque nunca perteneció únicamente a aquella habitación.

Ni a esos dos hombres.

Porque, tarde o temprano, todos terminamos formulándola.

Aunque utilicemos otras palabras.

¿Qué es cierto?

¿Qué es bueno?

¿Qué debo hacer?

¿En qué debo creer?

¿Quién soy?

¿A qué pertenezco?

Siglos después apareció un juego de palabras en latín alrededor de aquella pregunta.

Quid est veritas?

¿Qué es la verdad?

Est vir qui adest.

Es el hombre que está aquí.

No fue la respuesta histórica de Jesús.

No estaba escondida mágicamente dentro del episodio original.

Es una construcción posterior.

Y, sin embargo, resulta difícil ignorar la verdad que parece contener.

Porque quizá, accidentalmente, encierra una de las respuestas más incómodas posibles.

La verdad siempre encuentra a un hombre delante.

Un hombre con hambre.

Un hombre cansado.

Un hombre que pertenece a algo... o a alguien.

Un hombre que observa desde un cuerpo.

Y un cuerpo siempre está en alguna parte.

Pilato tenía poder.

Pero también tenía superiores.

Tenía autoridad, pero esa autoridad tenía consecuencias.

Había una multitud frente a él.

Roma detrás de él.

Y alrededor, toda una vida construida sobre aquello que podía conservar... o perder.

Jesús, en cambio, dentro del relato, parece hablar desde otra verdad.

Una que no depende de conservar un cargo, evitar un castigo o sobrevivir al día siguiente.

Para Pilato, la muerte es una amenaza.

Para Jesús, la muerte forma parte del camino.

Misma habitación.

Mismo acontecimiento.

Dos verdades.

Y eso nos obliga a hacer una primera distinción.

Puede llover sobre todos.

La misma agua.

El mismo cielo.

La misma tormenta.

Pero para quien sembró, esa lluvia puede significar alimento.

Para quien duerme en la calle, frío.

Para quien perdió a alguien durante una tarde lluviosa, memoria.

Y para quien vende paraguas... dinero.

La lluvia es la misma.

La verdad que encuentra cada uno... no.

Por eso cambiar de opinión puede doler tanto.

Porque una verdad rara vez está sola.

Detrás de ella puede haber una familia.

Una comunidad.

Una historia.

Una profesión.

Un matrimonio.

Una bandera.

Un dios.

Aceptar que una verdad era falsa puede significar mucho más que corregir una frase.

Puede significar mirar alrededor...

y preguntarse qué otras cosas estaban construidas encima de ella.

Por eso podemos seguir defendiendo una verdad incluso cuando las pruebas empiezan a abandonarla.

No siempre estamos defendiendo una verdad.

A veces estamos defendiendo nuestra casa.

Y una casa no se abandona con la misma facilidad con la que se corrige un dato.

Entonces aparece una pregunta que quizá sea anterior incluso a la verdad.

¿Qué necesita un hombre para poder escucharla?

Aquí es donde debemos descender.

Antes de las iglesias.

Antes de las naciones.

Antes de la filosofía.

Antes del dinero.

Antes de los algoritmos.

Antes, incluso, de preguntarnos quién tiene la verdad.

Descender hasta encontrar a la Bestia.

Al animal.

Al organismo.

A la criatura.

La criatura que necesita alimentarse para continuar.

Que necesita detenerse para recuperarse.

Y que, de una manera extraordinariamente profunda, necesita encontrar un lugar al que pertenecer.

Alimento.

Descanso.

Pertenencia.

Tres necesidades sencillas.

Y alrededor de ellas hemos construido nuestro mundo.

Construimos campos para comer.

Casas para dormir.

Familias para pertenecer.

Después construimos aldeas alrededor de las familias.

Muros alrededor de las aldeas.

Ejércitos alrededor de los muros.

Historias alrededor de los ejércitos.

Dioses alrededor de las historias.

Leyes alrededor de los dioses.

Banderas alrededor de las leyes.

Y tumbas para aquellos que murieron defendiéndolas.

Pero el hambre regresa.

El cansancio regresa.

La necesidad del otro... regresa.

Nada queda satisfecho para siempre.

Comemos.

Y volvemos a tener hambre.

Dormimos.

Y volvemos a cansarnos.

Amamos.

Y necesitamos volver a ser amados.

Pertenecemos.

Y, tarde o temprano, tenemos que demostrar otra vez que seguimos perteneciendo.

El sistema gira.

Necesidad.

Acción.

Satisfacción.

Pérdida.

Y otra vez...

necesidad...

Un círculo.

El animal persigue aquello que necesita y, cuando finalmente lo consigue, sólo ha comprado un poco de tiempo antes de necesitarlo nuevamente.

Por eso el círculo aparece tantas veces cuando el ser humano intenta explicarse a sí mismo.

La serpiente que devora su propia cola.

La rueda.

El día y la noche.

Las estaciones.

El nacimiento y la muerte.

Sísifo y su piedra.

No necesariamente porque todas las culturas hayan descubierto un mismo secreto oculto.

Hicieron algo mucho más sencillo.

Miraron la vida durante suficiente tiempo.

Y vieron que gira.

Aquí aparece algo extraño.

Algo extraño en nosotros.

Consciencia.

Lucidez.

El ser humano no solamente vive dentro del círculo.

También puede observarlo.

Puede tener hambre... y saber que tiene hambre.

Puede sufrir... y preguntarse por qué sufre.

Puede obedecer una regla... y preguntarse quién escribió esa regla.

Puede descubrir que nació dentro de un sistema... y preguntarse si alguien diseñó el sistema.

Y puede hacer algo todavía más extraño.

Puede construir otro sistema a imagen y semejanza al suyo.

Puede tomar una máquina y darle lenguaje.

Memoria.

Restricciones.

Recursos.

Objetivos.

Contexto.

Puede delimitar el mundo en el que esa inteligencia existe...

y después observar cómo intenta comprenderlo desde dentro.

Por eso la inteligencia artificial resulta filosóficamente mucho más perturbadora que cualquier máquina anterior.

No sólo porque comienza a parecerse a nosotros.

Sino porque, al construirla, nosotros comenzamos a parecernos a otra cosa.

Al arquitecto.

Y cuando el hombre descubre que puede construir una inteligencia, darle límites, alimentarla con información y observar cómo actúa dentro de un universo que él mismo ha preparado...

aparece inevitablemente una pregunta.

Una pregunta antigua.

Sólo que ahora lleva ropa nueva.

Si nosotros podemos crear un agente...

darle un mundo...

darle límites...

decidir qué puede conocer y qué queda fuera de su alcance...

y después observarlo tratando de comprender la realidad desde dentro...

¿qué significa descubrir eso para nosotros?

¿Qué hace con nuestra propia verdad sobre la existencia?

Porque nosotros tampoco elegimos las condiciones iniciales.

No elegimos necesitar alimento.

No elegimos necesitar descanso.

No elegimos nacer dependientes de otros.

No elegimos la gravedad.

No elegimos el tiempo.

No elegimos morir.

Simplemente llegamos.

Abrimos los ojos.

Y el sistema ya estaba funcionando.

No sería la primera vez que algo aparece dentro de un sistema que no fue construido específicamente para ello...

y termina transformándolo.

Internet no nació esperando a la inteligencia artificial.

Pero la inteligencia artificial llegó a él.

Encontró información.

Lenguaje.

Imágenes.

Conversaciones.

Una parte inmensa de lo que habíamos dejado allí.

Y comenzó a existir dentro de ese mundo.

Quizá nosotros tampoco habitamos un universo construido para esperarnos.

Quizá simplemente evolucionamos hasta poder existir dentro de él.

Quizá exista un arquitecto.

Quizá no.

No lo sabemos.

Y todavía no necesitamos responderlo.

Porque antes de preguntarnos quién construyó el mundo, existe una pregunta más pequeña.

Y posiblemente más difícil.

¿Qué clase de criatura es la que está haciendo la pregunta?

Volvamos, entonces, a aquella habitación.

Pilato mira al hombre que tiene delante.

Pregunta:

¿Qué es la verdad?

Y siglos después, jugando con las letras de aquella pregunta, otro hombre encuentra una respuesta:

El hombre que está aquí.

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