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La manzana

Deseo

Textus originalis 11431152

Haec opera lingua Hispanica scripta sunt, nec vertuntur: forma ipsa pars operis est.

LA MANZANA

PARTE I

Esto no es una historia de redención. Ni de héroes. Ni de iluminados que vencieron a sus demonios. Es la historia de alguien que se sintió, miró... y no huyó.

Primero fue un cansancio. No el de los huesos. Sino el otro, el que te hace cerrar los ojos en medio del ruido.

No fue al desierto. El desierto vino a él. En forma de hartazgo. Luces que ya no iluminaban. Éxitos que no sabían a nada. Caricias sin alma. Cuerpos perfectos sin propósito.

Se sintió. Sin rituales. Sin incienso. Solo cerró la puerta. Y el mundo empezó a gritar.

La primera voz fue amable. Seductora. Sonaba lógica:

—¿Por qué renuncias a lo que puedes tener? Tú también mereces más: más dinero, más mujeres, más poder, más seguidores."

Pero él ya había tenido todo eso. Y sabía que el deseo no se saciaba. Solo mutaba. Hoy querías esto. Mañana, otra cosa. Y luego otra. Y otra. Un río que, si no sabes nadar, te arrastra. Y la mayoría se ahoga queriendo beberlo todo.

La segunda voz fue más cruel: la de la carencia.

—¿Y si te quedas solo? ¿Y si nadie te ama? ¿Y si mueres sin haber dejado huella?"

Era miedo. La necesidad de ser visto. Deseado. Recordado. Todos corriendo hacia la validación. Todos con hambre. Nadie comiendo.

La tercera fue la más peligrosa. No ofrecía placer. Ofrecía propósito.

—"Puedes cambiar el mundo. Pero necesitas poder. Aliados. Control. Influencia. Orden."

Entonces cuando entendió: el problema no era el deseo. Era no saber de dónde venía. Era no preguntarse por qué lo querías.

Y empezó a rascar.

PARTE II

¿Por qué deseaba eso? ¿Por qué todos lo desean? ¿Es deseo propio o implante? ¿Idea o programación?

Y ahí empezó la verdadera historia.

No la historia de él. Sino la de todos.

Porque cuando te preguntas por qué tú deseas, acabas preguntándote por qué el mundo arde.

Y ahí estaba: la guerra, el poder, la competencia, todo. No nacía del odio. Nacía del deseo. De querer lo del otro. De querer ser el otro.

La mujer del otro. El oro del otro. El aplauso del otro. La vida del otro.

¿Por qué él y no yo?

Ahí empezó la sangre. Ahí empezó la historia de la humanidad.

Hoy, el deseo no es solo masculino. Ya no es solo el hombre compitiendo por la mujer. Ahora todos compiten por todo. Ella por él. Él por ella. Ella contra todos. Él contra todos. Todos contra todos. Una guerra sin rostro. Un algoritmo sin alma. Todos deseando algo que no entienden. Todos obedeciendo sin saber por qué.

La mayoría de los deseos no son propios. Nos los vendieron. Nos los tatuaron con publicidad, pornografía, tradición, redes.

Y tú te creíste libre. Pero te levantabas cada día a desear lo que alguien más decidió que desearas.

Nadie te enseña a mirar hacia adentro. Porque si lo haces, te destruyes. Y si te destruyes, ya no produces. Y si no produces, ya no sirves.

Por eso el sistema necesita que sigas deseando.

El 666 no es el número del diablo. Es la marca del hombre que olvidó su alma.

E incluso ahí me detuve y me pregunté: ¿Bien? ¿Mal? ¿Cielo? ¿Infierno? Todos conceptos humanos, con intereses religiosos, políticos, sociales, económicos, compartidos e individuales.

¿Juzgas al depredador por saciar su hambre con otro animal? No. Porque es imparcial. Es vivencia y supervivencia a la vez. La naturaleza simplemente es.

Quizá la manzana original de la que comimos, pecados y fuimos castigados, no era una fruta. Era el deseo. El deseo de sentir superiores, más elevados, más divinos. De tomar un rol que no nos correspondía, en lugar de simplemente disfrutar nuestro regalo: la vida.

Desear ser creadores. Desear ser Dios. Aquél que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo puede.

Creaciones de Dios: la más bella, la más sabia, la más elevada. Pero también, la más consciente de sí misma. Y entonces... rebelión:

"NON SERVIAM" NO SERVIRÉ.

Cuando terminé de meditar, me levanté. No había ganado. Tampoco había perdido. Solo había comprendido.

Salí a la calle. Mismo mundo. Misma gente. Pero ya no era parte del juego.

Entendí que:

La bestia no está afuera. Vive adentro.

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