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Migajeros

El origen

Textus originalis 11431152

Haec opera lingua Hispanica scripta sunt, nec vertuntur: forma ipsa pars operis est.

Migajeros

MIGAJEROS

Al principio no había nombre. No había forma. No había dirección, ni propósito, ni palabra. Solo existía eso: lo inabarcable.

No era "todo", porque para serlo tendría que haber algo que lo limitara. Tampoco era "nada", porque la nada ya es una idea.

Era simplemente... lo que es.

Y entonces, algo miró. Y al hacerlo, se dividió.

Ya no era unidad. Ahora había dos: el que observa... y lo observado.

A ese espacio entre ambos lo llamamos conciencia.

El observador no se conformó con mirar. Quiso entender.

Nombró lo que veía. Dijo: "Esto es luz", "esto es oscuridad", "esto soy yo", "esto eres tú", "esto es..."

Inventó palabras para clasificar, intentando comprender. Pero con cada palabra, se alejaba más de la verdad.

Así nació el pensamiento. Y con él, el ego. Y con el ego, el miedo.

Dibujó líneas en la arena: Esto es bueno, esto es malo. Esto es hombre, esto es mujer. Esto es espíritu, esto es carne. Esto soy yo... ¿soy yo?

Cuanto más nombraba, más se dividía.

Cuando nombrar ya no bastaba, había que parecer. Elegir. Definirse. Ser alguien.

Así nació la identidad: una colección de títulos colgando de una sombra. Un disfraz hecho de ideas heredadas. Con hambre, pero sin nombre.

El observador dejó de ser testigo. Era observado. Participaba.

Y participar es peligroso... cuando se olvida que lo estás haciendo.

Buscó otros participantes. Formó tribus, sistemas, bandos. Organizó todo lo que había nombrado.

Porque el vacío asusta. Y el espejo del otro le decía: "Tú existes, porque yo te veo."

Nació la pertenencia. Y con ella, la guerra.

Donde hay pertenencia, hay frontera. Y donde hay frontera... hay conflicto. Y donde hay conflicto... hay lucha.

Ocupados luchando entre nosotros, olvidamos por qué comenzamos a mirar.

Al principio fue por entendimiento. Después, por entretenimiento. Ahora, por necesidad.

El juego es simple: Divide. Haz que todos se sientan únicos, distintos, incompletos. Hazles creer que eligen. Y luego, véndeles la solución.

¿Quieres amor? Compra atención. ¿Quieres atención? Toma una identidad. ¿La tienes? Defiéndela. ¿La defendiste? Bienvenido al algoritmo.

Así, en el algoritmo, todo se fragmentó.

Ya nadie lee el libro completo. Solo la frase subrayada. Ya nadie escucha el álbum. Solo el hook viral. Ya nadie vive una emoción entera. Solo la reacción rápida, desechable.

Anhelamos profundidad... pero solo si cabe en una story. Alimentados por una ilusión, que nos "da" de comer a través de una pantalla. Pero con hambre todavía.

No solo la cultura se rompió. Se quebró el yo.

Ahora somos esto. O aquello. Y mañana, tal vez otra cosa. Depende de quién mire. De la app. Del recurso. Del día. Del momento.

La multiplicación de identidades no nos liberó. Nos volvió irreconocibles.

Dejamos de preguntarnos quiénes somos, esperando que otros nos lo digan, para responder sin cuestionar.

Así nos volvimos moldeables. Predecibles. Manipulables.

Un día, sin aviso, pedimos de comer. Pero ya no hubo banquete.

Solo sobras. Migajas. Fragmentos de lo que alguna vez fue.

Nos las dieron a cuentagotas, con condiciones. El resultado: adictos. Migajeros.

En el amor: una conexión sin raíces. En el arte: una obra sin contexto. En la vida: un instante fugaz vendido como plenitud.

Las migajas no alimentan. Pero engañan lo justo. Nos enseñaron a agradecer por lo mínimo. A llamar "mucho" a lo insuficiente. A sobrevivir... pero no a vivir.

Aun así, decidimos seguir observando. No por esperanza, sino por instinto. Por supervivencia.

Toda forma de vida quiere seguir existiendo. No por sabiduría, sino por impulso. Por miedo. Por adaptación.

Y el que se atreve a preguntar:

"¿Tiene sentido todo esto?"

A menudo lo que encuentra... es que no hay respuesta.

Algunos, al entenderlo, deciden bajarse del juego. Dejan de correr. Se sientan. Miran. Sin buscar ser. Sin necesitar razón.

Y ahí... ¿resistencia?

Sin embargo, ahí estás... De un lado. Del otro. De nuevo: participando.

Cuando terminas de participar:

No hay tiempo. No hay verdades absolutas. Ni formas. No hay enseñanza. Ni ideología.

Solo una presencia brutal, silenciosa, simple.

Te transformas en

Sin nombres. Sin necesidades. Sin limitaciones.

Simplemente en...

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