φ
El desierto llevaba años esperándolo.
La tormenta empezó durante la noche.
No hubo una señal clara. Solo viento entrando por las grietas de las paredes, arena acumulándose en las esquinas, un murmullo áspero creciendo poco a poco hasta convertirse en algo imposible de ignorar.
Para el amanecer, parte de la habitación ya había desaparecido.
φ observaba desde la abertura donde antes había una ventana.
No parecía preocupado.
Nunca parecía nada exactamente.
11431152 estaba recostado, mirando cómo la arena cubría los objetos de la habitación.
φ habló sin girarse.
—Esta tormenta podría durar días. Semanas. Tal vez meses.
La arena cruzó la habitación como una respiración.
—Cuando termine —continuó—, no va a quedar nada aquí.
11431152 tardó en responder.
Miró sus manos primero.
Tenía arena pegada en las líneas de la piel.
Arena dentro de las uñas.
Arena entrando lentamente en todo.
Entonces comprendió, y respondió:
—Voy a ayunar y meditar.
φ asintió apenas.
Como si la respuesta asumiera lo que los dos veían desde el inicio de la tormenta.
Después de eso, dejaron de hablar.
Las paredes cedieron más tarde.
El sonido fue menos dramático de lo que imaginaba. No fue un colapso violento.
11431152 caminó hacia adentro del desierto mientras fragmentos de lo que alguna vez fue desaparecían detrás del viento.
No llevó nada consigo.
Se sentó sobre una duna alta.
Piernas cruzadas.
Manos abiertas sobre las rodillas.
El viento golpeándole la cara.
Y entonces empezó:
Disolución.
Primero dejaron de importar las cosas pequeñas.
Fechas. Nombres. Definiciones. Frases aprendidas. Ideas heredadas. Toda esa arquitectura invisible que las personas usan para no sentirse perdidas.
Después llegaron cosas más profundas.
Recuerdos.
No desaparecían de golpe. Se aflojaban.
Se fragmentaban, entre el recuerdo y la emoción real de haberla vivido alguna vez.
Pero todo empezaba a sentirse lejano.
Como fotografías dentro de una casa inundándose.
La tormenta siguió durante días.
O semanas.
El tiempo había empezado a deformarse.
Y aun así permanecía quieto.
Respirando.
Dejando que el mundo se desprendiera de él.
Hasta que ella apareció.
Simplemente estaba ahí.
A unos metros.
Como si la tormenta la hubiera escupido suavemente frente a él.
Tenía arena pegada en los labios y el cabello revuelto por el viento. Los pies descalzos. Respiraba rápido, como alguien que llevaba mucho tiempo caminando.
Eso fue lo primero que sintió.
Ella lo observó sin hablar.
Se quedó parada sin moverse, dejando que él terminara de verla. No había urgencia en eso.
Ella se acercó despacio hasta quedar frente a él.
Tan cerca que podía sentir el calor desprendiéndose de su piel incluso en medio del frío nocturno del desierto.
Y entonces extendió la mano.
No había promesas en ese gesto.
No parecía una trampa.
Parecía descanso.
11431152 levantó la mirada hacia ella.
Por un instante imaginó el peso de otro cuerpo junto al suyo. Dormir acompañado. Una respiración rompiendo el silencio de la noche. Una mano encontrándose en la oscuridad mientras afuera seguía rugiendo el mundo.
Sintió el impulso completo atravesándolo.
Brutal.
Humano.
Vivo.
φ habló desde algún lugar detrás de la tormenta.
—¿Qué quieres hacer?
La pregunta cayó dentro de él, sabiendo exactamente a qué referencia.
Porque sí quería.
Claro que quería.
Sentía que todavía quedaba algo en él capaz de aferrarse.
Ella seguía esperando.
Tranquila.
Sin insistir.
Como si entendiera que ciertas decisiones solo existen cuando nadie te obliga.
Finalmente...
Él negó apenas con la cabeza.
La mujer lo sostuvo con la mirada unos segundos más.
Después dio un paso atrás.
Y la tormenta terminó de tragarse la.
11431152 no intentó seguirla.
Después de eso, el silencio cambió.
Ya no era vacío.
Era otra cosa.
Una quietud tan profunda que por momentos era inquietante.
El cuerpo empezó a desaparecer.
No dolía.
11431152 observó cómo partes de sí mismo dejaban de pertenecerle.
La tormenta empezó a apagarse.
Menos viento.
Menos ruido.
Más paz.
φ apareció junto a él mientras el resto de su cuerpo se deshacía lentamente bajo el desierto.
—¿Qué ves?
11431152 tardó en responder.
Ya casi no recordaba quién era.
—Nada —dijo.
φ permaneció en silencio unos segundos.
Luego preguntó:
—¿Y en la nada?
11431152 cerró los ojos.
Sintió todo unido.
Todo ocurriendo al mismo tiempo.
Y desde algún lugar que ya no pertenecía del todo a un cuerpo, respondió:
—Todo.
Después de eso, el desierto quedó quieto.
Sin nombre.
Sin testigos.
Solo arena extendiéndose hasta donde la luz dejaba de existir.
No pensando.
No buscando.
Solo siendo...