¿Quién soy?
La pregunta parece filosófica, pero algunas veces la respuesta es biológica.
Antes de cualquier idea sobre identidad, tengo hambre. Tengo sueño. Mi cuerpo exige. Si no como, muero. Si no duermo, muero. Si no pertenezco, muero.
Entonces, ¿quién soy?
Un organismo intentando sobrevivir. Esa es la primera verdad. La menos poética. No soy esencia. No soy destino. Soy un cuerpo con un sistema que insiste en seguir funcionando.
¿Quién soy?
Le pregunté a otro tratando de hallar preguntas, pero entendí que no me interpreto a través del otro por romanticismo. Lo hago por necesidad. Ser expulsado, durante miles de años, era lo mismo que morir. El cerebro aprendió la lección. (¿Qué lección era esa? Ah... cierto, ¿el entorno?) Busca aceptación como busca alimento. Entonces cuando me pregunto si el otro me define, la respuesta no es espiritual, es evolutiva. Pero de esa respuesta nacen otras preguntas. Si mi necesidad de identidad nace de la supervivencia, ¿mi necesidad de propósito también? ¿Por qué quiero que algo de este mundo me permanezca? ¿Por qué esa inquietud?
Deseo, y desear es una transformación de la necesidad.
¿Quién soy?
Le pregunté a Dios tratando de hallar respuestas y me dijo que él se experimentaba a sí mismo a través de todo lo que existe. Una conciencia infinita fragmentándose para observarse a sí misma en todo momento, y en todas partes.
La idea es inmensa.
Aunque también puede ser un mecanismo elegante para tolerar el vacío.
El vacío que deja esa pregunta que a menudo acompaña a la pregunta con la que inicié todo esto: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi propósito?
Tal vez debería formular diferente la pregunta. Tal vez debería ser: ¿qué ocurre cuando digo "yo"?
Un conjunto de procesos químicos. Impulsos eléctricos organizados. Memoria creando continuidad. El "yo" como historia funcional. Una identidad que el cerebro repite para coordinar acciones.
Entonces... si la identidad es una construcción útil para sobrevivir, el propósito podría ser lo mismo, una herramienta. Porque al final sigo encadenado a mis necesidades más profundas.
Dormir. Comer. Pertenecer.
¿Quién soy?
La religión ofrece sentido. La ciencia ofrece explicación. La psicología ofrece introspectiva.
Pero nada justifica la existencia misma.
Vivimos entre miles de millones de conciencias activas. Cada una convencida de su propia centralidad. Cada una sintiendo desde adentro que su experiencia es única.
Sin embargo, estadísticamente, casi todo es repetición.
Se nace. Se necesita. Se desea. Se pertenece. Se muere.
¿La experiencia es especial? ¿Tendría que serlo? ¿Por qué? ¿Para quién? (El ego hablando de nuevo)
Pero si soy un número más, ¿eso me vuelve irrelevante? "Irrelevante" implica un punto de comparación. Un observador que mida. Pero si no hay una escala absoluta, ¿existe la insignificancia? ¿O la grandeza?
Otra pregunta más profunda aparece. ¿Quién la mide? ¿Y con qué propósito? ¿Estará también buscando la verdad? Quizá a través del otro...
Y de ser así también estaría equivocado.
Hoy, aunque comprendiera toda la verdad del universo, tendría que comer de cualquier forma. Tendría que mover el cuerpo. Tendría que continuar. Entonces saberlo o no saberlo, en términos prácticos, no cambia la necesidad. Y de esa constatación nace algo incómodo. Si conocer la verdad no altera la obligación de vivir, ¿qué peso real tiene la verdad? Ninguno.
Porque incluso entendiendo por completo el entorno y comprendiendo mis limitaciones biológicas… la pregunta sigue apareciendo. Como si el sistema no quedara satisfecho, y si lo queda... unas horas más tarde volverá la necesidad.
Tal vez pueda ser libre, cuando deje de preguntarme
¿Quién soy?
Pero para ser libre necesitaría ser...